miércoles 11 de noviembre de 2009

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"En memoria de Robert y Lara Enke"

Una señora se cruzó con él preguntándole si se encontraba bien. Las lágrimas, la llovizna y los ojos rojos bastaban para confirmar que se encontraba lejos de estar bien; contestó con una sonrisa porque le parecía irónica la pregunta. Félix no iba a tardar en aparecer, pero qué importaba, no había necesidad de disimulos ya que se conocían desde siempre. Pensó entonces que ya hacía una semana de lo sucedido y que Félix aún no se daba ni por enterado, apenas había preguntado algo preocupado al verlo con esa venda que envolvía su puño derecho; Félix le creyó sin sospechar cuando le había contestado que no era nada, Sólo una caída -le había dicho-. Es más, Félix hasta se escuchaba contento al otro lado del teléfono, incluso le pareció oír la voz de su novia de turno gritándole a él, gritando para que él la escuche: "Félix no irá contigo, prometió quedarse conmigo, ¡ya!" Pero sabía que Félix no tardaría en llegar y lo encontraría ahí, sentado sobre la vereda mojada leyendo su periódico; que Félix correría pero sin sospechar nada, hasta que ya esté demasiado cerca como para poder ignorarlo; pero ya no resistía más. Sacó de su billetera aquella foto donde Laura y él sonreían, esa era su primera foto juntos, y su favorita (y no era que las siguientes no le gustaran, era sólo que -en sus propias palabras- ahí salían muy feos pero queriéndose mucho). En ese entonces Roberto tenía el cabello corto y Laura lo tenía largo; era gracioso porque él decidió dejárselo crecer mientras que ella pensó que se le vería más madura con el cabello corto.

Roberto recordaba el día en que se tomaron esa foto. Fue en septiembre del 2006, el campeonato de fútbol primaveral de la universidad. Laura tenía muchos amigos, pero Roberto sólo la tenía a ella y él constantemente repetía que no necesitaba conocer a nadie más, sin embargo, de vez en cuando, participaba en las conversaciones de Laura con sus amigas; una de ellas, Sofía, fue la que tomó esa foto. Observaban juntos uno de los encuentros; el equipo de 'El Grupo Colina' contra 'Los amigos de Óscar'. Roberto se estaba riendo del nombre de ese equipo, sin embargo en secreto los apoyaba. Vestían unas camisetas similares a las de la selección alemana de fútbol; Francisco Hidalgo, el jugador con la camiseta número seis, disparó de larga distancia y el arquero con poco estilo apenas logró desviarla, pero quedó en mala posición como para evitar que Martín Espinoza la terminara empujando al fonfo del arco. El arquero dio demasiado rebote -dijo Roberto en voz alta-. Laura le sonrió preguntándole si él lo hubiese hecho mejor, Roberto contestó que era arquero de fútbol desde los quince años, qué él hubiese detenido el balón con el estómago y con ambos brazos lo hubiese detenido contra su pecho para no dejarlo rebotar, reconoció que le hubiese dolido 'algo' -dijo sonriendo-, pero es lo que yo hubiese hecho. El partido terminaría dos a uno a favor de los Colina, pero Roberto aplaudió cuando el equipo de blanco salió del campo. Sofía, tómanos una foto antes de que este tonto se vaya a su casa -dijo Laura mientras lo tomaba por el brazo-.

Roberto lo recuerda así, es más, en el momento en que me lo contó, dio tres pasos hasta llegar a Laura y la besó en mi delante, agradeciéndoselo nuevamente, y ambos sonreían tan felices: "Fue un lunes, justo dos días después de haber visto aquel partido, y yo, como siempre, había llegado quince minutos antes, me dirigí al lavabo para peinarme y arreglar mi camisa antes de entrar al salón, y Junior estaba arreglándose el cabello; en eso me mira y me pregunta: 'Ey, tú, eres Roberto Eneque, ¿verdad? Me dice Laura que tú eres arquero de fútbol, ¿no? ¡Pucha! La verdad es que nuestro arquero, no sé si lo manyas, se llama Guillermo López, un chico que siempre anda con casacas de cuero, bueno, es medio mazamorra, y ella hasta nos ha mostrado fotos tuyas tapando. ¿No quieres ser parte de nuestro equipo?'
" Yo, la verdad, no sé de dónde sacó Laura esas fotos, supongo que las bajó de mi Hi5, pero no podía contenerme, estaba feliz de pertenecer a ese equipo y rápidamente me gané el titularato bajo los tres palos. Te amo, Laura, eres lo máximo
(y en ese momento la abrazó).

Pero el año pasado (en el 2008) Roberto tapaba como endemoniado, era una guerra personal. Parecía que su cuerpo estaba muy por debajo en su escala de importancia que el atrapar los balones -a cualquier costo-; se lanzaba en saltos corajudos, como si buscara atrapar algo más que la pelota que zurcaba fugazmente hacia su portería, no quedaba satisfecho nunca, atrapaba el balón pero era como si algo más se le escapara de entre sus dedos; sus dientes enojados y unas muecas entre la ira y la melancolía desfiguraban su rostro y hacían olvidar su sonrisa de niño que corre tras una pelota. Empezó a ganarse pleitos en los partidos y dos veces fue expulsado por agredir a algún rival de turno. Sus compañeros no sabían cómo hablar con él, y, a pesar que habían decidido hacerlo arquero suplente, ninguno se atrevía a decírselo porque sabían lo que estaba pasando... Yo no me enteré hasta hace una semana, y yo era su mejor amigo, yo... Dicen que cuando se enteró empezó a golpear la pared hasta romperse los huesos de la mano. Cuando me contaron aquello recordé aquel partido; teníamos 16 años y disputábamos nuestro último campeonato de colegio. Estábamos en los penales, Roberto se tapó dos penales pero yo y otros dos de nuestros amigos habíamos errado nuestros tiros, Roberto tenía que detener un disparo para darnos esperanza, le dijimos muchas cosas, como que se convertiría en nuestro héroe si se sacaba otro balón, creo que lo presionamos mucho, y casi la tapa, pero se le escapó, apenas logró rasguñar la pelota, pero no pudo evitar que se metiera. Desapareció. Lo hallamos luego golpeando la pared, sus manos estaban sangrando, ese día me asusté mucho.

Félix no llegaría, eso decía en su mensaje de texto, la gente ya empezaba a correr y continuaba lloviendo ahora más fuerte. La foto empezó a mojarse, Roberto la besó y la guardó en el bolsillo interno de su casaca. ¡Cuánto daño podía hacer el observar una foto! "Ventanas al pasado", había escuchado en alguna película, ahora no recordaba el título, "No dejes que los recuerdos te destruyan". Pero desde aquel 2007 él había venido viviendo en el pasado como un fantasma que andaba penando por las calles conocidas, como tratando de revivirse. Y caminó de regreso, quizá se encontraría con Félix y su noviecita de turno, y lo más probable es que Félix lo viera a él pero se haría el despistado, pero de nada se le podía culpar, porque alguna vez él estuvo igual de feliz, y porque los enamorados están ciegos. Empezó a reír de pronto, burlándose del alcalde que por ganar votos para las siguientes elecciones derrocha el dinero construyendo puentes y aquel polémico by pass, y aquel puente en su delante que, aparentemente, era totalmente inútil. Y ahí estaba otra vez El Pensamiento, y de pronto la vio siendo obligada a subir por las escaleras. Este puente no es seguro, se va a caer, y ya sabes que estoy algo pesada, no por favor -decía graciosamente ella-. Pasarás con los ojos cerrados, yo te guiaré. Y el pasar de los carros pesados hacía estremecer el puente y provocaba los gritos de ella y las carcajadas de él. ¿Por qué eres tan malo conmigo, Roberto? -Laura le preguntaba-. Y Roberto llegó hasta el centro del puente recordando todo ello. El techito del puente lo cubría de la lluvia. Laura lloró aquella vez, pero él estaba seguro que no era por miedo a las alturas; ya hacía algún tiempo él la había visto desde lejos, observando a la nada desde esa misma ubicación, incluso más de una vez sintió que si no subía de inmediato Laura terminaría saltando hacia la pista, aunque pareciese una locura; Laura siempre tan feliz. Pero ella seguía gritando por los vehículos que pasaban haciendo bailar el puente, y su risa de convirtió en aquella mueca furiosa y, tomándola de los brazos, le obligó a confesarle, y Roberto caminaba de un lado a otro y aún la veía a ella diciéndole lo de su enfermedad, y Félix que no llegaría, el campeonato de mañana y la pésima actuación en el último partido amistoso, y el llanto de Laura diciendo que no era justo. El puente temblaba tanto como aquella vez y vio al bus que lo llevaría a casa doblar la esquina, dentro de unos segundos atravesaría el puente; Roberto se sentó sobre el cerco de seguridad y pensó que, quizá, aquel bus podría acompañarlo en su último viaje, dejó caer el periódico.




Laura sufría de leusemia y ya estaba en etapa terminal, él estuvo a su lado hasta las finales, pero Roberto ya estaba quebrado por dentro. Habíamos quedado en vernos ayer, pero ya no pude. Más tarde fui a su casa, a eso de las diez de la noche, pero él aún no llegaba, su mamá estaba muy preocupada. Ahí me contó lo de la semana pasada, que había intentado suicidarse. Roberto la quiso demasiado, nunca pudo sobrellevar la muerte de Laura, y a pesar que se veía venir, pues, no sé, se suponía que yo era su mejor amigo, y, me siento tan mal...


- Declaración de Félix Maldonado, amigo de la universidad *





Periódico:

El suicidio de Enke deja a Alemania consternada
El portero alemán sufría graves depresiones y miedo al fracaso desde hacía varios años.


... Además, Enke sufrió un severo golpe en 2006, cuando murió su única hija, Lara, de dos años, a causa de una dolencia cardíaca congénita. Al parecer, el guardametas nunca logró superar su muerte.

miércoles 4 de noviembre de 2009

De viajes intergalácticos abordo de la Daewoo II

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Saliendo divisé a la Daewoo decentemente llena (aclaración: generalmente los pasajeros van tan revueltos abordo que el espacio vital no cabe con uno mismo). Titubeé al reconocer que, además de cruzar corriendo la autopista -esquivando automóviles-, tendría que subir al bus cogiendo con una mano mi pedazo de torta de chocolate. Lo peor de todo es que ya ni ganas tenía de comerme ese pastel por el que acababa de pagar un sol con veinte centavos, era un total desperdicio de dinero y ahora se transformaba, además y todavía, en un estorbo, una masa potencialmente hecha para manchar de chocolate a los demás pasajeros. Mientras hacía la acrobacia de subir, pagar, darle un mordizco a mi torta, mostrar mi carné universitario y 'avanzar al fondo'; me veía a mí mismo como un marrano, y en cada mordida, migajas de color marrón caían sobre los pasajeros que iban sentados, el extremo cremoso manchaba las blancas camisas de los trabajadores que volvían a casa y mis retinas soportaban todas las miradas de desprecio lanzadas por los pasajeros ensuciados. La música era la detestable cumbia de siempre, sin embargo mi torta -y yo comiéndola en un bus lleno- se me hacía aún peor. Si la cumbia tuviera ojos seguramente le hubiese clavado una mirada igual a la que la chica sentada frente a mí arrojó sobre mi pupila.


Mi mochila bamboleaba, pesada, cuando algún pasajero pasaba por mi costado; yo, con los cachetes inflados por un chocolate cremoso que se hacía cada vez más pegajoso en el interior de mi boca, intentaba detener el movimiento a guisa de péndulo que realizaba mi mochila y que amenazaba con golpear la cabeza de la chica sentada frente a mí. Y la detenía con éxito, como aquel arquero de fútbol defendiendo con reflejos su portería. Ella sólo me miraba cada más feo mientra escuchaba su propia música a través de sus audífonos. El bus frenó y subió una docena de universitarios frente a la puerta tres de la universidad de San Marcos; ella comprendió que ni Íker Casillas la salvaría de ser golpeada por mi bamboleante mochila, y yo me sentía tan estúpido sin poder terminar de tragar mi torta de chocolate.


- Yo cargo tu mochila por ti.

Sus mejillas rosadas y sus manos lindas aunque algo descuidadas, y yo con los cachetes inflados, temiendo que las migajas marrones escaparan por mis labios masticando mientras que al mismo tiempo intentaba lanzar un 'Gracias' varonil. No ocurrió ni lo uno ni lo otro: felizmente las migajas no salieron disparadas para manchar sus lindos cachetes, pero mi palabra de gratitud no salió para nada varonil, más bien ridícula.


Con la mirada trataba de ordenar al señor que iba sentado al lado de la chica de los audífonos que se bajase de inmediato del bus, temía que alguna señora gorda suba al carro y se parase a mi costado esperando que cuando el señor se digne a bajar yo le ceda ese asiento. Cogí el último trozo de torta, importándome nada el que mis dedos se manchen con la crema, y lo introduje de un golpe a mi cavidad bucal, la muchacha me miró nuevamente y yo me avergoncé, así que consulté rápidamente mi reloj para evitar el cruce de miradas, la bolsa asquerosa de la torta manchó mi chompa cuando doblé el brazo para ver la hora, introduje la bolsa en mi bolsillo casi por reflejo, luego advertí que mi pantalón resultaría manchado, la muchacha sonrió al ver mi rostro de nerd aflijido por la pésima actuación, el señor se levantó pidiendo permiso, ella se arrimó contra la ventana y felizmente ninguna vieja gorda estaba cerca mío para impedir que me siente a su lado. Me devolvió mi mochila y yo intenté mejorar mi 'Gracias'. El resultado no cambió.


En el transcurso noté que no podía preguntarle la hora a causa de que ya había mostrado mi reloj pulsera. Si hubiese sido una película de Hollywood hubiese ocurrido alguna desgracia, algo se hubiera salido de control y yo hubiera podido salvarla mediante un reflejo heróico; claro, y ella sería Megan Fox. En vano esperé una balacera, o a los hinchas de la U que regresaran contentos tras vencer al Cienciano; nada de eso ocurriría. Opté por sacar a Julio Cortázar de mi mochila y empezar a leer, y, por supuesto, quitarle a esa chica todas las dudas hasta ese momento esperadas: mi figura era la de un completo nerd.


Pasaba una por una las páginas, y por dos ocasiones logré percatar que la muchacha leía conmigo, lamentablemente un bostezo de su parte me permitió saber de inmediato que Cortázar no era de su agrado; luego, ella le bajó el volumen a su walkman, y dejó descansar su cabeza sobre el vidrio de la ventana. Cortázar y yo nos reprenderíamos como lo hizo alguna vez Gabriel García Márquez en uno de sus cuentos peregrinos, ¡Carajo, por qué no nací Tauro!


Tras terminar de leer un cuento opté por sacar mi Perú.21, mi sudoku, y empezar a desarrollarlo en su delante. No solamente ella sabría que quizá yo era el más nerd de los nerds, sino que, en mi idiosincracia, empezaba a sospechar que mi estupidez 'intelectualoina' le hacía gracia, me parecía haberla descubierto sonreír en más de una ocasión durante ese viajecito; quizá ella podría ayudarme a desarrollar el rompecabezas numérico, quizá ella me hablaría a mí primero. Ella volteó, me vio con una mirada alguito mejor que la que sugiere el asco, y volvió a perderse entre su música y sus pensamientos contra la ventana. Ello me exigió batir mi propio récord: siete minutos exactos para resolver un sudoku cuatro estrellas Perú.21.


¡Cuántas veces había logrado con éxito entablar conversación con la chica sentada a mi costado! Siempre sacaba como mínimo el nombre, un par de veces intercambié direcciones electrónicas, hoy sólo me aguardaba el fracaso. Quizá estaba rompiendo la regla dorada de todo mujeriego ocasional: no interesarse realmente, jamás perder la intensión netamente deportiva, no dejarse embobar. Giré rápidamente las páginas del diario hasta llegar al Crucigrama. ¡Lotería! Esa era la estrategia. La muchacha, ya sin pena ni rechazo, se inclinó hasta descansar sus hombros sobre los míos y poder observar atentamente el crucigrama. Empecé rápidamente para detenerme luego, demostrando mi absoluta incapacidad para desarrollarlo, invitándola a dar su opinión, rogándole con mi lenguaje corporal que se uniera y me soplara alguna palabra. Quizá sí entendió el mensaje, pero quizá no se sabía ni una. Seguí desarrollando el crucigrama, ella me observaba atentamente, sentía su mirada sobre mi bolígrafo. Oí unos golpeteos, levanté animoso mi vista hasta encontrar la suya, preguntándole visualmente '¿Cómo?'. Pero ella me miró como a bicho raro; noté que los golpeteos eran por el seguimiento de la batería de la canción que oía, el ruido escapaba a sus orejas y me pareció reconocer al baterista de Maná en Clavado en un bar. Seguí con mi crucigrama. ¿Me iba a hablar o no? Empezaba a desesperarme, ella me seguía observando. Jugándome el buen concepto, temiendo que ella me considerase un desadaptado, reconocí de inmediato a Leisy Suárez, en la esquina inferior izquierda, pero se me ocurrió hacerme el que no recordaba su nombre, así que escribí la L y Suárez, dejando los casilleros en blanco para darle la oportunidad de decirme: "Amigo, es 'Leisy suárez'". Sentí su linda pero descuidada mano sobre mi hombro y comprendí que había perdido, y lo peor es que no le pregunté '¿Va a bajar?', sino qe se me fue un '¿Qué, ya?'; así como el niño del kindergarden que se queda jugando, por fin, con la niñita que le gusta tanto y que nunca antes le había prestado atención, y que a pesar de ser el 'camotito', centro de recepción de burlas por parte de la susodicha y sus amiguitas, se siente feliz, hasta que viene su mamá a recogerlo y éste, igual que yo en ese momento: ¿Qué, ya (nos vamos, mamá)?... ¿Qué, ya (se va a bajar)? Y ella me contestó; no un 'Sí', sino, peor que eso, un 'Sí, ya (se te acabó el tiempo).'